El yihadismo se asienta en Libia y ataca embajadas de Egipto y Emiratos

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yihadistasEl desembarco en Libia de radicales próximos al Estado Islámico (EI) ha dejado de ser una amenaza para constituirse en una realidad que se refuerza con ataques cada día más preocupantes. Este jueves dos coches bomba explosionaron en Trípoli frente a las embajadas abandonadas de Egipto y Emiratos Árabes Unidos. No fueron dos legaciones elegidas al azar. El atentado ha sido atribuido a los grupos yihadistas Ansar al Sharía y Fajer Libia. Tanto el Ejecutivo de Trípoli como esos grupos armados acusaron este verano a Egipto y a Emiratos de bombardear posiciones islamistas en el país y de apoyar al general rebelde Jalifa Hifter, que intenta desbancar hace meses a otra milicia islamista de la zona de Misrata que domina Bengasi, la segunda ciudad de Libia.

En muy pocos días, grupos, milicias o tribus que son próximas —o que, directamente, se han adherido— al EI han lanzado numerosos ataques mortales en las ciudades de Trípoli, Tobruk y Al Baida, en el aeropuerto de Labraq y, más que probablemente, en los campos petrolíferos del desierto de Murzuq, donde se encuentran los pozos de las multinacionales Repsol (en el campo de El Sharara) y ENI (en El Elefante), cerrados y sin producción desde hace una semana. Las investigaciones también apuntan que fue una banda yihadista la autora del atentado contra el enviado especial de la ONU, Bernardino León, el domingo en Shahat, mientras estaba reunido en secreto con el primer ministro del Gobierno oficial, Abdula al Thini, no reconocido por los islamistas.

Más confusa es la atribución al EI o a una de sus ramificaciones de las tres decapitaciones de jóvenes activistas pro derechos humanos el martes en Derna. Por ahora ningún grupo ha reclamado la acción, ni fuentes oficiales han confirmado la autoría.

Pero los atentados de este jueves en Trípoli sí son una señal clara del avance yihadista. Primero un coche con explosivos explotó en un aparcamiento junto a la embajada egipcia en el barrio de Dahra, en el norte de la ciudad. Pocos minutos después lo hizo otro junto a la representación de Emiratos en el barrio de Guerguarech, en el centro. Además de varios heridos, el ataque produjo daños en las fachadas y edificios adyacentes. Ambas legaciones llevan meses cerradas, como las de Estados Unidos, la Unión Europea o la ONU. La de Egipto se clausuró en enero, y la Emiratos en mayo, cuando la situación política terminó de descontrolarse con la autodesignación de Gobiernos paralelos y golpes de Estado frustrados, además de unas elecciones que no han servido prácticamente para nada.

La capital de Libia está controlada por un Gobierno de partidos islamistas no reconocido internacionalmente, mientras que el Gobierno oficial se ha exiliado en Tobruk, en el este del país, donde la semana pasada le llegó la noticia de que el Tribunal Supremo libio lo invalidaba.

Después de tomar Trípoli por las armas, el llamado Gobierno paralelo de Omar al Hassi, que cuenta con el respaldo del Congreso Nacional General saliente (muy dominado por fuerzas islamistas), acusó en verano a Egipto y Emiratos de impulsar bombardeos contra las milicias islamistas que tenían varias posiciones tomadas en el país. Egipto lo negó, Emiratos calló y Estados Unidos lo confirmó. También se señala a El Cairo y Abu Dhabi como responsables de financiar la interminable Operación Dignidad del general Hifter, con el impulso moral de EE UU y la oposición frontal de países tan estratégicos en la zona como Turquía, gobernado por islamistas moderados.

[En Siria, Washington bombardeó ayer las posiciones de Jorasan, según informó el Comando Central estadounidense. Es el tercer ataque contra este grupo vinculado a Al Qaeda desde el mes de agosto].

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